Gonzalo Bilune

La comunicación es un trade off

2026-02-08Liderazgo

Armar algo dejó de ser caro. Decidir qué armar y que todos lo entiendan de la misma forma es lo que sigue siendo caro.

La comunicación es un trade off
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Hacés un prototipo en unas pocas horas. Funciona, resuelve el problema, está listo para probar. Pero los días pasan: producto lo quiere para el Q que viene, diseño propone ajustes, negocio quiere sacarle más jugo, legales revisa los términos, compliance dice que es riesgoso, marketing quiere alinear el mensaje, CX teme un pico de tickets. Nadie está diciendo que no. Nadie bloquea. Pero el tiempo se diluye entre chats, reuniones y validaciones.

Y ahí aparece un costo que muchas veces no vemos, porque en muchas organizaciones no tiene dueño claro: el de coordinar.

En la era de la AI, ejecutar ya no es el desafío. Lo difícil es todo lo que pasa antes y después. Armar algo dejó de ser caro. Decidir qué armar y que todos lo entiendan de la misma forma es lo que sigue siendo caro.


Hace algunos años, coordinar mucho tenía sentido. Construir era lento, costoso y frágil. Había que asegurarse bien antes de empezar porque cambiar algo después podía significar semanas de retrabajo. La planificación rigurosa era una forma de evitar el caos. Pero ahora, con herramientas que permiten levantar una funcionalidad, testearla y ajustarla en horas, ese modelo se queda corto.

El problema no es la comunicación. De hecho, sigue siendo fundamental. Pero estamos usando los mismos mecanismos que diseñamos para cuando ejecutar era lo lento. Y ahora que ejecutar es lo rápido, mantenerse alineados se vuelve más difícil. Cuando el ritmo de trabajo se acelera, cualquier desvío por más mínimo que sea se amplifica. Lo que antes se corregía al mes, ahora rompe en tres días. Los equipos necesitan alinearse más seguido, pero tienen menos tiempo para hacerlo.

A eso se suma otro nivel menos visible: el costo emocional y político de coordinar. No solo hay que tomar buenas decisiones, también hay que mostrar que están bien pensadas. Una funcionalidad puede estar lista en dos horas, pero antes vas a pasar tres días armando el caso, presentándolo en la reuniones de leadership, esperando feedback, ajustando el scope para que nadie sienta que se lo pasaron por arriba. Todo eso también es trabajo.

Una reunión de una hora para decidir si vale la pena hacer algo que se podría testear en media hora empieza a verse rara. No porque conversar esté mal, sino porque la relación entre el costo de hablar y el costo de hacer cambió de escala.

Y eso cambia todo.


En muchos equipos, lo que empieza a trabar no es la capacidad técnica ni la falta de ideas, sino la cantidad de interfaces que hay que atravesar para que algo avance. Cada handoff agrega contexto que se pierde, interpretaciones que cambian, validaciones que se encadenan. Cuantos más puntos de contacto, más latencia. Y cuanto más tarda en formarse una decisión, menos ventaja tiene haber acelerado la ejecución.

Por eso cada vez se ven más roles que antes parecían híbridos raros: gente de producto que se mete en la implementación, perfiles técnicos con criterio de diseño y negocio, leads que no separan decisión técnica de decisión de producto. No es hacer de todo, es reducir distancia entre entender y ejecutar. Que las decisiones pasen más cerca del lugar donde las cosas se construyen.

Un perfil generalista gana relevancia por una razón simple: carga más contexto útil y necesita menos traducción. Entiende cómo encajan las piezas, anticipa impactos, destraba sin esperar. Y con AI como soporte, puede profundizar bajo demanda y moverse con más autonomía sin romper el sistema.


La ventaja competitiva se está moviendo de la velocidad de ejecución a la velocidad de decisión con contexto suficiente. No gana el que más produce, sino el que decide bien con menos fricción. Bajar el costo de coordinación sin perder calidad pasa a ser un problema de diseño organizacional, no de esfuerzo individual.

En ese mundo, los equipos que más lejos llegan no son los que tienen más manos ni más procesos, sino los que se mueven como si fueran una sola mente. Equipos chicos, multidisciplinarios y con una cultura lo bastante fuerte como para compartir lenguaje, criterio y código sin tener que alinearse cada quince minutos. No porque no hablen, sino porque piensan parecido. Porque se entienden sin tanto preámbulo. Porque la confianza ya está construida. (Contraten amigos).

Cuando la ejecución deja de ser el cuello de botella, la sincronización se vuelve el verdadero diferencial.